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El valor

María desde niña había tenido la necesidad de que la valoraran. Se sentía poca cosa y sin embargo, sus compañeros no tenían esa misma percepción de ella y hablases con quien hablaras siempre manifestaban virtudes sobre ella… Es curiosa la vida, los compañeros veían valores donde ella veía falta de sentirse valorada… Por más que algunas de sus amigas más allegadas se lo dijesen ella seguía teniendo este sentimiento. Quizás este era el problema, cuando una aparente falta se sustenta en un sentimiento de carencia cuesta rellenar ese agujero.

Se puede decir que María vivió varios años de su vida con ese agujero. No había forma de llenarlo por más trabajo personal que realizó, siempre quedaba una pequeña pizquita que iba ganando terreno si bajaba la guardia y pasaba una época más complicada. María ya se había acostumbrado a vivir así e incluso se sentía orgullosa porque el agujero ya no era tan grande como de pequeña.

Cuando cumplió 49 años sintió que su vida pasaba a otra fase. Profesionalmente se sentía realizada y a nivel personal no se podía quejar. Sus dos hijos ya estaban prácticamente independizados y esto le permitía disponer de más tiempo para ella, porque como la mayoría de madres occidentales mientras los hijos habían sido dependientes su vida se había visto muy limitada en disponer tiempo exclusivamente para ella… Y eso que se consideraba una guerrera auténtica pero el mundo aún no estaba preparado para una igualdad de géneros real…

A los 49 se regaló poder dedicarse a algo que siempre le había gustado y no lo había podido hacer hasta ese momento: dibujar y hacer ilustraciones. Se apuntó a un curso de iniciación y este le llevó a otro que le llevó a otro y así sin parar para ir aprendiendo y perfeccionando las diferentes técnicas. A lo largo de esos cursos fue conociendo a gente muy diversa con la que pasó ratos muy agradables y divertidos. A base de irse reencontrando redescubrió las sensaciones maravillosas de tener nuevas amistades.

meditacion

Con un pequeño grupo adquirieron la costumbre de realizar meditaciones quincenales. Cada vez que se reunían era una de las personas del grupo la que traía una meditación, la realizaban y luego la comentaban. En el tercer encuentro hicieron una meditación sobre el amor incondicional. Fue una experiencia impactante y transformadora para ella. Se dió cuenta del poco amor que sentía por ella misma y desde ese mismo instante se puso manos a la obra para subsanarlo. No tardó tiempo en sentir los avances que iba consiguiendo. Ya no sólo había cambiado su vida externamente si no que lo más importante se sentía otra internamente. Fue en esa época cuando su agujero se cerró sin apenas ser consciente de ello. Estaba tan centrada en su proceso interno, en disfrutar y empaparse de las nuevas experiencias que iba viviendo, que no se dió cuenta que ya no había vacío que llenar. El día que tomó consciencia fue el día que sintió ese amor incondicional por ella misma.

Ana Mª Alepuz
Psicóloga

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